Conclusiones del II Congreso Internacional de Catequesis Ciudad del Vaticano, 20 - 23 de septiembre de 2018

 

Al finalizar la XIII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que fue convocada por el papa Benedicto XVI para reflexionar sobre «La Nueva Evangelización para la Transmisión de la fe cristiana», los obispos enviaron un Mensaje al Pueblo de Dios en el que decían: «La obra de la nueva evangelización consiste en proponer de nuevo al corazón y a la mente, no pocas veces distraídos y confusos, de los hombres y mujeres de nuestro tiempo y, sobre todo a nosotros mismos, la belleza y la novedad perenne del encuentro con Cristo. Les invitamos a todos a contemplar el rostro del Señor Jesucristo, a entrar en el misterio de su existencia, entregada por nosotros hasta la cruz, ratificada como don del Padre por su resurrección de entre los muertos y comunicada a nosotros mediante el Espíritu. En la persona de Jesús se revela el misterio de amor de Dios Padre por toda la familia humana. Él no ha querido dejarla a la deriva de su imposible autonomía, sino que la ha unido a sí por medio de una renovada alianza de amor».1

Las palabras de este mensaje nos llevan al núcleo de las reflexiones que hemos realizado acerca de la II parte del Catecismo de la Iglesia Católica, las cuales nos hace ver la importancia y la necesidad de contemplar con fe el misterio del amor de Dios, que se revela en el misterio salvífico de Cristo y que celebramos con inmensa alegría. Esta contemplación del misterio conlleva aceptar con el corazón y la mente las verdades reveladas y celebrarlas asiduamente en los sacramentos, lo cual nos muestra el profundo nexo que existe entre liturgia y catequesis. No se trata de dos realidades separadas en la vida cristiana, sino que se entrelazan para darse sentido mutuamente. La catequesis, en efecto, no la podemos pensar únicamente como la fría enseñanza de unas doctrinas, como tampoco podemos concebir la liturgia como un cúmulo de ritos para saciar el ímpetu natural de religiosidad, sino que ambas constituyen elementos fundamentales de la acción evangelizadora de la Iglesia que ha de conducirnos a un encuentro personal con Cristo. La catequesis, entonces, presenta el misterio cristiano y nos ayuda a tratar de entender y aceptar con fe la acción salvífica del Señor, que se celebra con gozo en la liturgia. Lo que comunicamos y tratamos de explicar en la catequesis encuentra en la liturgia su sentido más profundo, la cual nos introduce en el recto actuar cristiano para hacer viva la fe por el amor y la misericordia. La importancia de continuar profundizando acerca de lo que encontramos en el Catecismo es porque éste fue considerado por san Juan Pablo II como «una contribución importantísima a la obra de renovación de la vida eclesial, promovida y llevada a la práctica por el Concilio Vaticano II»2 y por ello lo declaró «como regla segura para la enseñanza de la fe y como instrumento válido y legítimo al servicio de la comunión eclesial»3.

Al finalizar, pues, este II Congreso Internacional de Catequesis, cuyo lema ha sido El «catequista, testigo del misterio», vamos a tratar de recoger sintéticamente algunos de los principales puntos que surgen de las reflexiones que hemos escuchado acerca de la segunda parte del Catecismo de la Iglesia Católica.

1. Hay que tener en cuenta que esta segunda parte del Catecismo, que lleva como título «La celebración del misterio cristiano», no está desligada de cuanto trae la primera parte, «La profesión de fe», sino que encuentra en ella su fundamento. El mismo san Juan Pablo II, al promulgar el Catecismo, señalaba la profunda articulación de todas sus partes haciendo ver que «el misterio cristiano es el objeto de la fe (primera parte); es celebrado y comunicado mediante las acciones litúrgicas (segunda parte); está presente para iluminar y sostener a los hijos de Dios en su obrar (tercera parte); es el fundamento de nuestra oración, nuestra alabanza y nuestra intercesión» (cuarta parte).4

2. En el primer congreso celebrado en el 2013 teníamos como lema “Ser testigos de la fe”, ya que la reflexión recayó sobre la revelación de Dios, el acto de creer, la repuesta de fe y la transmisión del mensaje revelado; ahora hemos puesto nuestra mirada en el catequista en cuanto “testigo del misterio”, para de esa manera continuar resaltando elementos fundamentales de lo que es su misión. Dar testimonio constituye una acción fundamental en la vida de la Iglesia y para la credibilidad del mensaje que anuncia. El catequista, por consiguiente, debe ser un testigo creíble y constante de su fe y de su amor a Cristo, entregándose por completo al servicio del pueblo de Dios. Él está llamado a transmitir una fe viva, dando testimonio de la fe que ha recibido y que profesa pero, sobre todo, testigo del misterio que ilumina y da sentido a su vida cristiana.

3. Cuando hablamos de misterio, desde el punto de vista de la fe, no podemos entenderlo como un acertijo que se resolverá en el tiempo, como algo envuelto en la incertidumbre y que sea incomprensible, sino que tenemos que entenderlo a la luz de la doctrina paulina que nos lo hace comprender a partir de la revelación de Dios a nosotros. Se trata fundamentalmente en el darse a conocer Él mismo, el revelarnos progresivamente su amor y su voluntad salvífica, manifestándose plenamente en el misterio de Cristo, a través del cual se nos revela el misterio de Dios y el misterio del hombre.

4. Nuestra sociedad actual nos encierra cada vez más en una cultura tecnificada en donde se va desvaneciendo el misterio de la existencia personal ante el poder de la técnica. Sin embargo, el hombre y la mujer de nuestro tiempo siguen sintiendo la necesidad del misterio y de lo inefable, porque se apoya en el misterio para encontrar una respuesta que dé sentido a su existencia y no lo deje en el vacío de la incertidumbre que sólo produce miedo. No debemos tener temor de hablar, con un lenguaje comprensible y directo, de la muerte, de la resurrección de la parusía, de la vida eterna, pues el catequista debe ser también un testigo de la esperanza. A la luz del Evangelio necesitamos confiar en la gracia de Cristo e intentar conocer y contemplar cada vez más la riqueza del misterio del Padre y de su amor inconmensurable que se nos ha sido revelado en el misterio de Cristo, «Pues el mensaje de la cruz es necedad para los que se pierden; pero para los que se salvan, para nosotros, es fuerza de Dios» (1 Co 1,18).

5. Todos estamos inmersos en el misterio, llamados a la santidad y por lo tanto a unirnos a Cristo. Entramos en contacto con Él de manera especial a través de los sacramentos y por Cristo entramos al misterio de la Trinidad. En efecto, en el centro de nuestra fe está Dios, el Uno y Trino, de quien tenemos conocimiento a través de Cristo. La Iglesia, unida a su cabeza que es Cristo, pertenece al misterio salvífico y los sacramentos forman parte esencial de nuestra fe para expresar que creemos en el Señor y Salvador, vivo y presente en la Iglesia, y alimentar nuestra unión con Él.

6. El objetivo de la catequesis y de la evangelización en general es, por lo tanto, el de llevar a una relación personal con Cristo, el cual no está preso en el pasado, sino que es el Señor de todos los tiempos, pues la vida de Cristo no es un mero hecho de la historia pasada, sino algo determinante para nuestra vida, de tal manera que el misterio de la vida cristina consiste en la participación en la muerte y resurrección del Señor, participación en su misterio pascual. En la catequesis, entonces, no puede haber simple instrucción, sino un proceso para asemejarnos con Cristo y para ello es necesaria la celebración litúrgica en la que conmemoramos su presencia. Así, pues, el culto es una realidad en la que el hombre puede experimentar a Dios in re et in veritate.

7. La misión que cumplen los catequistas no se la atribuyen a sí mismos, por iniciativa propia o por gusto personal, sino que reciben el encargo de predicar y explicar el Evangelio, porque son partícipes de una misión que la Iglesia les confía. Ser catequistas es una vocación, nos ha recordado el papa Francisco, y, por consiguiente, no pueden contentarse con realizar un trabajo, con hacer de catequistas, sino que tienen que serlo en verdad y cumplir la misión con alegría. Ellos realizan un ministerio al servicio de la comunidad cristiana, ya que la evangelización no es para nadie un acto individual y aislado, sino profundamente eclesial.5 Por este motivo la preocupación constante de un catequista debe ser la de comunicar fielmente, mediante la enseñanza y el testimonio, la persona, la vida y la doctrina de Jesús, presentándola de manera integral, para ir introduciendo a un encuentro personal y comunitario con Cristo. Para realizar esta importante misión en la Iglesia es necesaria una sólida formación en la fe y una espiritualidad cristiana alimentada por la oración incesante y por una vida sacramental asidua, que le permita ser un ejemplo de vida cristiana y de compromiso eclesial. La Palabra de Dios debe inspirar toda su existencia y guiarla hacia un mejor conocimiento del misterio de Dios que nos reveló a Jesús, de su plan de salvación y de la vocación y grandeza de la dignidad humana.

8. La catequesis, entonces, es como una escuela de fe, pero una escuela viva que al principio sienta las bases de la fe, pero luego alimenta continuamente las raíces de la vida cristiana, por medio de una participación llena de convicción y alegría a los sacramentos, de manera especial a la Eucaristía. En los sacramentos se prolongan en el tiempo las obras que Cristo ha cumplido durante su vida terrena, de tal modo que los bautizados, por la fuerza que brota del cuerpo de Cristo, que es la Iglesia, son curados de las heridas del pecado, reciben la vida nueva en Cristo y la gracia para hacerla crecer, a fin de que vivan con autenticidad sus compromisos en la comunidad cristiana y el ejercicio constante de la caridad.

9. La Iglesia desde los primeros siglos quiso expresar la unión entre el anuncio y la celebración litúrgica con la expresión latina «lex orandi, lex credendi» para expresar que las palabras que recitamos cuando oramos o celebramos el culto, son expresiones fundamentales de nuestra creencia, que no solo enuncian la fe de la Iglesia, sino que sirven para el crecimiento de la vida de fe. En otras palabras, la liturgia, tanto en sus textos como en sus ritos, nos ponen frente a los fundamentos y los principios sobre los cuales se construye nuestra fe. Así, pues, lo que se nos ha transmitido a lo largo de los siglos no es un simple conjunto de leyes, sino una tradición viva, que continúa a través de los tiempos, pero que se reforma en y desde la fe que profesa y celebra.

10. Desde la antigüedad el anuncio maravilloso de la muerte y resurrección de Jesús ha sido considerado como la proclamación gozosa de quien ha experimentado el encuentro personal con Jesucristo. Dicho anuncio testimonial ha recibido el nombre de kerigma, el cual no procede de un racionamiento humano, sino que es un hecho nuevo y maravilloso puesto por Dios en la historia y proclamado por quien es un testigo y ha experimentado la verdad. El kerigma, como nos recuerda el papa Francisco, no es por consiguiente una simple etapa inicial de la iniciación cristiana, sino una dimensión permanente de la catequesis que debe estar presente en todo el proceso de iniciación a la vida cristiana, para hacer resaltar la novedad perenne de la fe.6 La catequesis debe ser kerigmática para hacer descubrir que la fe es creíble, pero sobre todo que es necesaria y vivificante.

11. El bautizado necesita recibir sobre todo un anuncio de vida y no tanto de reglas y preceptos morales, por eso, a partir de experiencias de auténtica vida cristiana, que son como una historia en lenguaje narrativo de lo que Dios ha plasmado en sus vidas, la catequesis kerigmática debe llevar a conquistar el corazón y la mente de las personas, hacerlas enamorar de Jesús, mostrando su novedad, su belleza, su misericordia. Esta catequesis, que no puede dejar de lado una presentación clara de los contenidos de la fe cristiana, debe estar dirigida tanto a los adultos, como a los jóvenes y los niños, puesto que todos necesitan de Jesús. Pero debe ser una catequesis seria, adaptada a las inquietudes propias de cada edad, evitando todo infantilismo y que responda a los cuestionamientos que presentan, en su propio nivel y ambiente, en relación con las verdades fundamentales de la fe.

12. Cuando celebramos o recibimos los sacramentos las palabras son esenciales, pero no menos los gestos presentes en el rito, cada uno de los cuales pretende hacer comprender verdades profundas que deben salir a la luz por medio de una catequesis cuidadosa que haga comprender la riqueza simbólica que contiene. Aunque no siempre los fieles puedan comprender plenamente el significado del sacramento que reciben o aquél que desean para sus hijos, sin embargo, es la gracia la que actúa y planta las semillas que con el tiempo darán fruto. Es necesario por lo tanto saber introducir los signos y símbolos de los sacramentos. En el bautismo, por ejemplo, entre tantos ritos de gran riqueza que contiene, el mismo hecho de encontrarse con el que ha de ser bautizado en la puerta de la Iglesia simboliza la entrada en una comunidad creyente, recalcando la incorporación de una persona a un cuerpo de personas de fe que le apoyará, animará y vivificará la fe del recién bautizado. Así cada uno de los ritos contiene una riqueza enorme pero que hay que ayudarlos a sacar a la luz.

13. Asimismo, hay que ayudar a hacer entender que el año litúrgico es el medio privilegiado para situar en el tiempo y dentro de las vicisitudes humanas el misterio de Cristo, que camina a nuestro lado y nos introduce en el misterio de la salvación. De igual modo se advierte la necesidad de una catequesis litúrgica sobre el domingo, recuperar su profundo sentido religioso y de descanso y mostrar la centralidad de la Eucaristía, la cual constituye el corazón del día domingo y éste ha de ser siempre un tiempo y un lugar de fiesta que madura en el Misterio a través de la experiencia de vida fraterna, de escucha de la Palabra y de servicio en la caridad.

14. El itinerario de la fe no consiste en buscar solo un acercamiento a la comprensión del misterio de Cristo, sino que es un ingreso progresivo al misterio mismo de la salvación para que quien recibe el mensaje logre un encuentro vital con Cristo, encuentro que es Cristo mismo el que lo propicia, es Él quien toma la iniciativa. De aquí la importancia de la catequesis mistagógica, para que a quienes piden los sacramento les ayudemos a comprender la circularidad que debe existir entre anuncio, celebración y vida. La catequesis mistagógica debe procurar dar una interpretación de los ritos a la luz de los acontecimientos salvíficos, explicar el sentido de los signos que tienen esos ritos y ponerlos en relación con la vida cristiana. Hay que evitar siempre el hecho de crear nuevos ritos y nuevos signos que en lugar de ayudar pueden entorpecer el proceso de iniciación.

15. El concilio Vaticano II impulsó la restauración del catecumenado en la Iglesia, entendiéndolo como una actividad misionera y, al mismo tiempo, una realidad litúrgica y sacramental. Existe un vínculo profundo entre catecumenado y evangelización, en cuanto que es una iniciación a la fe, una formación integral que permite articular la catequesis, la liturgia y la vida eclesial y evangélica, ya que allí los catecúmenos son iniciados en los misterios de la salvación y de la práctica evangélica y son introducidos paulatinamente en la vida de la fe, de la liturgia y de la caridad del pueblo de Dios. Un catecumenado bien dirigido hace redescubrir la alegría de la evangelización y conduce a una vida cristiana auténtica, alimentada por la Eucaristía y orientada a dar un buen testimonio de Cristo. Pero para lograr bien todo este proceso, como nos indica Benedicto XVI, la iniciación cristiana es un camino de conversión que hay que seguir con la ayuda de Dios y en relación constante con la comunidad eclesial. Por este motivo, la responsabilidad catecumenal recae en toda la comunidad y no exclusivamente en los acompañantes de los catecúmenos.

16. A partir del conocimiento progresivo que los catecúmenos van teniendo de Cristo, el catecumenado está marcado por las fases del discernimiento, del aprendizaje de la oración a partir de la Palabra de Dios, de la progresiva integración en una comunidad cristiana y de la capacidad de guiar las opciones de vida según el Evangelio. Se trata de un proceso que lo va llevando a una nueva vida que conlleva una serie de consecuencias sociales que producen rupturas, nuevas opciones de vida y cambios de comportamiento en múltiples aspectos tanto personal, como social.

17. Es importante dar un nuevo impulso al papel que deben cumplir los padrinos o madrinas para que sean verdaderamente creyentes y estén dispuestos a ayudar a los recién bautizados en su camino de vida cristiana. Se trata, por ende, de una verdadera función eclesial en la que deben vivir y mostrarse como verdaderos testigos del misterio.

18. Una forma importante para evangelizar es la de acompañar y estimular las expresiones válidas de piedad popular que, además de hacer ver la demanda emergente de religiosidad que brota de manera natural, representan una manera legítima de vivir la fe, en la que se manifiesta de manera muy importante la cultura del encuentro: encuentro con el Señor y participación y comunión con la comunidad. Sin embargo, siempre tenemos que tener presente que dichas expresiones no son piedad popular si no llevan al misterio de Cristo y a los sacramentos. El papa Francisco dice al respecto: «En la piedad popular, por ser fruto del Evangelio inculturado, subyace una fuerza activamente evangelizadora que no podemos menospreciar: sería desconocer la obra del Espíritu Santo. Más bien estamos llamados a alentarla y fortalecerla para profundizar el proceso de inculturación que es una realidad nunca acabada. Las expresiones de la piedad popular tienen mucho que enseñarnos y, para quien sabe leerlas, son un lugar teológico al que debemos prestar atención, particularmente a la hora de pensar la nueva evangelización».7

19. Al hablar de piedad popular no podemos dejar de pensar en lo que representan para el itinerario de crecimiento en la fe tanto las peregrinaciones como los santuarios. Esas y estos son lugares privilegiados para llevar a cabo la nueva evangelización. Un ejemplo de ello es la espiritualidad que brota del icono bizantino que se venera en el santuario de Czestochova, en el que toda la composición de esa imagen de la Madre de Dios lleva a Cristo. Ese icono tiene todo un significado mistagógico que quiere representar el mensaje de María en Caná de Galilea: «hagan lo que él les diga» (Jn 2,5). El encuentro con la Madre conduce inexorablemente al encuentro con el Hijo. En los santuarios, además, es de gran importancia el que se tenga siempre un número de sacerdotes al servicio del sacramento de la Reconciliación, que permite a quienes van en peregrinación que sientan a través de este sacramento la ternura del amor misericordioso de Dios.

20. El papa Francisco nos dice: «Es bueno que toda catequesis preste una especial atención al «camino de la belleza». Anunciar a Cristo significa mostrar que creer en Él y seguirlo no es sólo algo verdadero y justo, sino también bello, capaz de colmar la vida de un nuevo resplandor y de un gozo profundo, aun en medio de las pruebas».8 Por esto tenemos siempre que vivir cantando y proclamando con alegría: ¡Jesucristo es nuestra vida, Aleluya!

+ Octavio Ruiz Arenas Arzobispo emérito de Villavicencio Secretario del Pontificio Consejo para la Promoción de la Nueva Evangelización


  1. Mensaje al pueblo de Dios, 3
  2. Constitución apostólica Fidei depositum, 1
  3. Ibid, 4
  4. Ibid, 3
  5. Cf. Pablo VI, Evangelii nuntiandi, 6
  6. Cf. Evangelii gaudium 165
  7. Evangelii gaudium, 126